Sobre la maternidad

La maternidad desordena el mundo. Pero un mundo desordenado no tiene por qué ser caótico.

En el mío, una especie de puzzle desde hace casi once años, hay ojeras, noches en blanco, maratones a cualquier hora y zapatillas recién compradas que duran quince días. También tutorías a pares, extraescolares a pares, gastos a pares, responsabilidades a pares y enfados a pares. Hay virus, vacunas que cuestan un riñón, desvelos. Todo multiplicado por dos.

Nadie me dijo que la maternidad fuera algo maravilloso. Porque no lo es. Comparto la crianza de dos hijos con sus cosas extraordinarias y sus ratos para olvidar.

Dice la periodista Samanta Villar, que tiene dos bebés y está en plena gira de promoción de su libro Madre hay más que una, que cuando eres madre “no puedes comer, dormir ni ducharte en condiciones”. También dice que “un bebé te destruye la vida de la noche a la mañana”.

Alguien dirá que las palabras se sacan de contexto.

Hoy es viernes plomizo, tengo el pelo de dos colores y la flaqueza por haber resistido (mal) a un virus que se acomodó el martes en casa, pero me ha alegrado la mañana encontrar en un bolsillo de mi abrigo dos horquillas que toquiteo sin parar y en el otro un cromo de fútbol.

Llueve a mares, no puedo con mi alma y esta tarde toca fútbol y piscina, pero el martes cené fuera con amigos, la semana pasada vimos en el cine La la land (por cierto, salí bailando), Lucía aprende a leer y Nicolás está feliz porque su equipo se ha clasificado en la liga de los buenos.

Como a diario, a veces incluso sentada. Leo robando tiempo a mi sueño. Salgo a correr junto al río. Suelo viajar, seguramente menos de lo que me gustaría. Tengo mis secretos. Y estoy segura de que si no fuera por la tribu no podría completar ese puzzle que conlleva ser madre, una opción agotadora, tantas veces ingrata, que me regala a diario besos de menta y mucha alegría; una opción tan válida como decidir no serlo.

El ruido de fondo

Leo Lo infraordinario de Georges Perec: “La prensa diaria habla de todo menos del día a día. Lo que realmente ocurre, lo que vivimos, lo demás, todo lo demás, ¿dónde está? Lo que ocurre cada día y vuelve cada día, lo trivial, lo cotidiano, lo evidente, lo común, lo ordinario, lo infraordinario, el ruido de fondo, lo habitual”.

Leo a Perec refugiada del frío pelón de estos días, envuelta en el piano de Yiruma, intentando vencer la pereza para correr la San Silvestre y dibujando una especie de inventario de este año que termina.

Porque 2016 ha vuelto a pasar volando. Nació Paula en primavera y eso ha sido lo más importante, porque trajo el sol de mayo y la alegría. Los chicos del fútbol ganaron la liga y con las pequeñas bailarinas terminó el curso. Seguimos creciendo indomables y felices. El trabajo volvió a ser ingrato. Vimos atardecer en el faro de Barbaria. Corrimos por los caminos de Formentera y por los puentes de la ciudad. Cruzamos los pueblos en bicicleta y paramos en las fuentes y los parques. Nos enfadamos y nos desenfadamos. El mundo permanece del revés y algunas de sus escenas resultaron, resultan, intolerables. Viajamos a París. Los reencuentros fueron extraordinarios. Nuestros ratos más hermosos siguen oliendo a sarmiento.

Quizá sea éste el resumen de mi trivialidad.

Benedetti escribió: “Defender la alegría como una trinchera, como un destino, como una certeza, como un derecho”. Que sea precisamente la alegría el ruido de fondo del año que comienza. Que los titulares no acallen lo esencial. Que la desigualdad nos resulte inadmisible. Y que el fin del mundo nos pille bailando.

¡Feliz 2017!

Septiembre

Hoy he leído que septiembre es el lunes del calendario. Me hace gracia porque no le falta razón y pienso entonces que debe ser cierto, el último día de agosto me pareció una tarde de domingo.

No me gustan los septiembres. Me entristecen la vuelta al cole y las colecciones apiladas en los quioscos. Me gusta la calma despreocupada de los meses de verano, ese lindo desorden de tardes de piscina o bicicleta, ese vivir sin hacer planes ni tener prisa. Por eso ahora me aferro a mis recuerdos de julio y agosto como una forma de resistencia. Y pienso en aquella pareja que hacía sonar el ghatam en la cueva de Barbaria, allí al fondo, donde puedes sentarte y creer que la vida es bella. También en las piedras que tanta gente apila cuando Illetes casi acaricia el arenal de S’Espalmador y, si te fijas bien, desde lejos parecen montañitas blancas en mitad del mar. Me acuerdo de nuestros paseos en bici, de la fuente que no es fuente sino laberinto y el juego consiste en mojarnos, del Pelayo, auténtica pedanía del paraíso en mitad del pinar, de aquel corzo asustado que apareció junto al bosque. Mezclo unos recuerdos con otros de forma consciente y completamente desordenada.

Nuestro verano sabe a sandía, pescado frito, helado de vainilla, moras, granizado de limón y chicle de menta. Tiene el color de la buganvilla y también el azul mediterráneo. Huele a pino y a higuera. Suena a cigarra, a olas, a risas, a Matt Simons, a la canción Cómo te atreves. Y su piel… Su piel morena está tatuada de zarzas, cardenales y dibujos de salitre.

Hoy siento nostalgia formentereña y sí, puede ser cierto que septiembre sea el lunes del calendario.

farobarbaria

El hilo rojo

A estas horas mis amigos vuelan a China. Me los imagino escuchando música, leyendo, pasando de una conversación a otra de forma fugaz, intentando templar la emoción y los nervios mientras surcan los cielos.

Qué largos son ciertos viajes.

Qué valientes estos trotamundos de amplia mirada, piel de colores y ojos abiertos, que van de un lado a otro con el espíritu alerta, escuchando las voces del mundo como grandes caracolas.

Este lunes, en una aldea a 400 kilómetros de Shanghái, el hilo rojo unirá a los cuatro y la vida empezará de nuevo.

 

“Un hilo rojo invisible conecta a aquellos destinados a encontrarse, a pesar del tiempo, el lugar y a pesar de las circunstancias. El hilo se puede apretar o enredarse, pero nunca se romperá”.

Proverbio chino

Mayo

Al equipo de Nicolás le ocurre lo contrario que a los chicos que protagonizan la hermosa historia de L’equip petit y a veces no sé si es bueno o malo. Jorge, Raúl, Andrés, Hugo, Nicolás, Ignacio, David L., David, Bruno, Alberto, Dani y Daniel no saben qué es perder un partido de fútbol y este año han ganado la liga. Yo me alegro por ellos, me gustó verles compartir alegrías y abrazos con sus camisetas naranjas. Creo que se lo merecen porque les brillan los ojos de ilusión, porque son trabajadores y generosos, porque son, sobre todo, un grupo de amigos capaces de contagiarnos de entusiasmo. Pero ahí sigo con mis dudas. Ignoro si alguno de ellos llegará lejos con sus botas de fútbol, pero tengo la certeza de que si siguen persiguiendo sus sueños vendrán más pequeñas victorias que les enseñarán a ser grandes personas. Es mi particular lectura de esta historia que sucede en primavera.

Nuestro equipo ganó la liga el mismo sábado que nació Paula. Enseguida vamos a conocerla. La cogemos en brazos, le acariciamos sus manitas y su cara redonda. Tiene los ojos abiertos, parece tranquila y es preciosa. Tengo tiempo más tarde de mirarla mientras duerme y mirar también a su madre, que descansa junto a ella. Qué bonitas son las dos.

Paula es un regalo que nos deja este mayo en el que releo a Luis García Montero, me acerco a la música de Marwan, imagino el mar por mil razones, salgo a correr junto al río, comparto cafés, risas y confidencias, duermo poco, preparo las bicis y anoto libros pendientes.

Mayo es un mes de portada. Si los diarios tuvieran la delicadeza que merecen estos tiempos raros dedicarían sus espacios de cabecera a plasmar cómo cambia la ciudad este mes; una foto a color del atardecer que cae entre el parque y el Ebro, con las cigüeñas y las golondrinas cruzando el cielo sobre la piedra del puente. O un titular a cinco columnas que califique de extraordinaria la calma despreocupada que llena los parques cuanto se desdibuja la tarde. Desconozco si venderían más o menos ejemplares, pero seguro que algún lector, que alguna lectora, se fijaría esa día en el color del cielo de esta ciudad de provincias mientras alarga la tarde en la plaza del barrio. Pero no sé si los diarios están a estas cosas poco virales y un tanto cursis que suceden en primavera.

Si mayo fuera un periódico, le aplicaría el verso de Ángel González para que las palabras escritas se posaran sobre las cosas y las recubrieran de colores nuevos. Tendría un fotón de mi sobrina Paula, otro más discreto del rondo de los chicos de nuestro equipo, un descubrimiento científico sobre los beneficios de las emociones y de la risa y, para que nadie ni siquiera en mayo olvide, el mejor Galeano con el texto íntegro de Los nadies.

Avanza mayo en el calendario con sus tardes de sol y su fin de curso en el horizonte.

Raíces y alas

D. me dijo el otro día que vas a ser político, pero le expliqué que no, que tienes un punto vehemente poco diplomático heredado de tu madre que te salvará si acaso fuera cierto que te va aquello del bien común. Las dos reímos.

Entretanto, preparas el papel para la obra de teatro del colegio, me cuentas que te vuelven a gustar los libros de Geronimo Stilton y buscas en youtube una canción que te encanta para escucharla juntos. Has vuelto a crecer y se te ha oscurecido el pelo.

Me gustas así: despreocupado, curioso y alegre. Me gustan tus ojos reidores, tu piel blancucha, tus cosquillas y tus dientes desiguales. Me gusta verte leer a deshoras, que te interesen las noticias, que aquel domingo quisieras ver Salvados. Que preguntes y no te conformes, que estés aprendiendo a discutir. Me gusta verte sobre la bici, junto al balón, en el parque, cuando te alejas camino de la fila.

El sábado hablamos del verano. No te importaría volver a aquella playa y recorrer en bici Barcelona. Tienes ganas de viajar a Nueva York y revisitar Londres. Dices que no te acuerdas de Roma ni de Venecia y entonces prometemos repetir.

Hoy cumples diez años.

Diez años es una vida, al igual que lo son ciertos besos, algún recuerdo o una simple frontera. Diez años también es una vida que cambia por completo otras.

Felicidades, Nicolás.

¿De verdad existe Europa?

42.500 personas se ven obligadas a huir de su casa cada día. Los desplazados forzosos suponen más de 60 millones; de ellos, 19 millones son refugiados. Las cifras pertenecen a ACNUR y las recordaba hace unos días Alma Saavedra, responsable de Médicos Sin Fronteras en la Zona Norte de España, cuando hablaba de una realidad a la que seguimos sin querer mirar de frente. “Ninguna persona se marcha de su país porque quiera una vida mejor. La gente huye porque su vida corre peligro”, dijo. Entendamos esta premisa para no caer en el cinismo de nuestros políticos y en el mal denominado ‘efecto llamada’. “Habría que decir que es un efecto huida”, sentenció. Huida de ciudades asediadas, bombardeadas, huérfanas de asistencia sanitaria. Ciudades de escombro, miedo y silencio.

Sigamos con las cifras. Durante 2015 llegaron a Europa más de un millón de personas, la mayoría, sirios y eritreos. Hasta el 4 de febrero de este año, 134.905. Solo en tres meses han muerto 418 al intentar alcanzar nuestras costas. Los que llegan, helados por el miedo, calados hasta el alma, malviven en campos de refugiados, ciudades de tienda de campaña como Idomeni, donde los niños duermen sobre el barro, donde Médicos del Mundo trabaja a destajo con enfermos que sufren “en condiciones propias de la Primera Guerra Mundial”, tal y como ha denunciado la oenegé esta semana.

Dice la Europol que al menos 10.000 niños refugiados que viajaban solos han desaparecido al llegar a Europa. Volvamos a Idomeni, ciudad de plástico donde 4.000 niños andan descalzos por los charcos, donde las mujeres dan a luz en condiciones insalubres, donde el sonido que prevalece es una sintonía encadenada de tos y llanto, donde se reparten -con suerte- tres pañales al día. En Idomeni hay abogados, escritoras y maestras; gentes de Siria, de Afganistán; madres viudas que viajan con sus hijos y padres solos que deambulan con los suyos. La vida en añicos.

Europa dijo el pasado septiembre que acogería 160.000 refugiados. La realidad es que solo 320 personas han recibido asilo desde entonces, 18 en España. Canadá ha acogido a 22.000 refugiados sirios.

La Unión Europea se define como “una organización de todos, una comunidad abierta al mundo y fundamentada sobre los valores de la libertad, la democracia y la defensa de los derechos de todos sus ciudadanos”, pero yo creo que, al igual que palabras como conciliación o justicia social, estos dos términos son una gran mentira; no, la Unión Europea no existe. Porque si de verdad Europa fuera todo eso, su respuesta al brutal éxodo que vemos a diario hubiera llegado hace mucho tiempo en forma de acogimiento sin distinciones, protección para los más vulnerables, prevención y cuidado de las enfermedades, y humanidad.

En el año 2012 la UE recibió el Nobel de la Paz por “su contribución al avance de la paz, la reconciliación, la democracia y los derechos humanos en Europa”. Alguien debería preguntarse ahora por este reconocimiento porque ninguno de sus estados miembros ha respondido con justicia y dignidad al éxodo de los refugiados que surcan nuestro suelo. Afirmar que a través de la PESC (Política Exterior y Seguridad Común), Europa actúa de forma consensuada en la escena internacional es una enorme mentira, sencillamente porque si así lo hiciera no incumpliría de forma sistemática tratados internacionales que le obligan a no dejar desamparadas a las personas que llegan a Idomeni o Lesbos.

La Unión Europea es un fracaso; solo la sociedad europea organizada, al margen de políticos y gobiernos, responde con humanidad y eficiencia al horror de este éxodo. En Europa, como aquí, los responsables públicos avanzan hacia atrás… y en esas estamos. La vida de los refugiados que pisan suelo europeo es más digna gracias a los ciudadanos que aportan su tiempo a diferentes oenegés; gracias a entidades que trabajan sobre el terreno asumiendo riesgos para salvar vidas; gracias a los bomberos del CEIS Rioja y su campaña “Deslcázate por Lesbos”; gracias a aquellos que organizan conferencias de mujeres como Alma Saavedra, cuyas palabras agitan conciencias. Y gracias también a los periodistas que, con la censura en contra, nos acercan el periplo que recorren a diario gentes que huyen de países minados. Gentes cuyos sueños eran como son los nuestros, gentes que celebraban, que reían y bailaban, hombres y mujeres que se sentían tan afortunados como nos creemos nosotros cuando los vemos cruzar el mar.