Otoño

Si el otoño es, como escribe Luis García Montero, un barco que navega con abrigos, silencios y paraguas, yo quiero permanecer un instante sintiendo cómo el verano calienta el corazón, aunque sea un rato, aunque sea con recuerdos.

Ordeno las fotos y encuentro tesoros. Es la emoción de las cosas. La atalaya de Níjar, Pompeya, el Vesubio frente al barco, el Faro de la Mola.

Cierro los ojos. Anochece junto a La Alhambra y vuelve a sonar el gatham, pocas cosas son tan hermosas. Los abro. Caen las perseidas sobre nuestra terraza, hace frío y nos tapamos con la manta de cuadros. Pedimos deseos y alguno se cumple. Los cierro de nuevo, escucho el silencio de Cabo de Gata en forma de ola y viento, de canciones y pájaros, de agua que abraza guijarros en las calas del sur.

La felicidad debe ser algo muy similar a todo esto. Cantar en el coche, viajar en bicicleta, descubrir helados, buscar piedras bonitas, bailar en la plaza, ir de excursión con los primos, bañarse en el mar.

La felicidad debe ser algo muy parecido a mirar cómo crecéis despreocupados mientras el tiempo se llena de alegría.

Habitar durante un instante en un verano que aquí se marchó pronto sirve para aliviar el alma que encuentra sosiego en los días largos. Enseguida las noticias y el otoño cubrirán de hojas y escarcha estos recuerdos.

 

El Vesubio desde el mar.

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Sobre la maternidad

La maternidad desordena el mundo. Pero un mundo desordenado no tiene por qué ser caótico.

En el mío, una especie de puzzle desde hace casi once años, hay ojeras, noches en blanco, maratones a cualquier hora y zapatillas recién compradas que duran quince días. También tutorías a pares, extraescolares a pares, gastos a pares, responsabilidades a pares y enfados a pares. Hay virus, vacunas que cuestan un riñón, desvelos. Todo multiplicado por dos.

Nadie me dijo que la maternidad fuera algo maravilloso. Porque no lo es. Comparto la crianza de dos hijos con sus cosas extraordinarias y sus ratos para olvidar.

Dice la periodista Samanta Villar, que tiene dos bebés y está en plena gira de promoción de su libro Madre hay más que una, que cuando eres madre “no puedes comer, dormir ni ducharte en condiciones”. También dice que “un bebé te destruye la vida de la noche a la mañana”.

Alguien dirá que las palabras se sacan de contexto.

Hoy es viernes plomizo, tengo el pelo de dos colores y la flaqueza por haber resistido (mal) a un virus que se acomodó el martes en casa, pero me ha alegrado la mañana encontrar en un bolsillo de mi abrigo dos horquillas que toquiteo sin parar y en el otro un cromo de fútbol.

Llueve a mares, no puedo con mi alma y esta tarde toca fútbol y piscina, pero el martes cené fuera con amigos, la semana pasada vimos en el cine La la land (por cierto, salí bailando), Lucía aprende a leer y Nicolás está feliz porque su equipo se ha clasificado en la liga de los buenos.

Como a diario, a veces incluso sentada. Leo robando tiempo a mi sueño. Salgo a correr junto al río. Suelo viajar, seguramente menos de lo que me gustaría. Tengo mis secretos. Y estoy segura de que si no fuera por la tribu no podría completar ese puzzle que conlleva ser madre, una opción agotadora, tantas veces ingrata, que me regala a diario besos de menta y mucha alegría; una opción tan válida como decidir no serlo.

El ruido de fondo

Leo Lo infraordinario de Georges Perec: “La prensa diaria habla de todo menos del día a día. Lo que realmente ocurre, lo que vivimos, lo demás, todo lo demás, ¿dónde está? Lo que ocurre cada día y vuelve cada día, lo trivial, lo cotidiano, lo evidente, lo común, lo ordinario, lo infraordinario, el ruido de fondo, lo habitual”.

Leo a Perec refugiada del frío pelón de estos días, envuelta en el piano de Yiruma, intentando vencer la pereza para correr la San Silvestre y dibujando una especie de inventario de este año que termina.

Porque 2016 ha vuelto a pasar volando. Nació Paula en primavera y eso ha sido lo más importante, porque trajo el sol de mayo y la alegría. Los chicos del fútbol ganaron la liga y con las pequeñas bailarinas terminó el curso. Seguimos creciendo indomables y felices. El trabajo volvió a ser ingrato. Vimos atardecer en el faro de Barbaria. Corrimos por los caminos de Formentera y por los puentes de la ciudad. Cruzamos los pueblos en bicicleta y paramos en las fuentes y los parques. Nos enfadamos y nos desenfadamos. El mundo permanece del revés y algunas de sus escenas resultaron, resultan, intolerables. Viajamos a París. Los reencuentros fueron extraordinarios. Nuestros ratos más hermosos siguen oliendo a sarmiento.

Quizá sea éste el resumen de mi trivialidad.

Benedetti escribió: “Defender la alegría como una trinchera, como un destino, como una certeza, como un derecho”. Que sea precisamente la alegría el ruido de fondo del año que comienza. Que los titulares no acallen lo esencial. Que la desigualdad nos resulte inadmisible. Y que el fin del mundo nos pille bailando.

¡Feliz 2017!

Septiembre

Hoy he leído que septiembre es el lunes del calendario. Me hace gracia porque no le falta razón y pienso entonces que debe ser cierto, el último día de agosto me pareció una tarde de domingo.

No me gustan los septiembres. Me entristecen la vuelta al cole y las colecciones apiladas en los quioscos. Me gusta la calma despreocupada de los meses de verano, ese lindo desorden de tardes de piscina o bicicleta, ese vivir sin hacer planes ni tener prisa. Por eso ahora me aferro a mis recuerdos de julio y agosto como una forma de resistencia. Y pienso en aquella pareja que hacía sonar el ghatam en la cueva de Barbaria, allí al fondo, donde puedes sentarte y creer que la vida es bella. También en las piedras que tanta gente apila cuando Illetes casi acaricia el arenal de S’Espalmador y, si te fijas bien, desde lejos parecen montañitas blancas en mitad del mar. Me acuerdo de nuestros paseos en bici, de la fuente que no es fuente sino laberinto y el juego consiste en mojarnos, del Pelayo, auténtica pedanía del paraíso en mitad del pinar, de aquel corzo asustado que apareció junto al bosque. Mezclo unos recuerdos con otros de forma consciente y completamente desordenada.

Nuestro verano sabe a sandía, pescado frito, helado de vainilla, moras, granizado de limón y chicle de menta. Tiene el color de la buganvilla y también el azul mediterráneo. Huele a pino y a higuera. Suena a cigarra, a olas, a risas, a Matt Simons, a la canción Cómo te atreves. Y su piel… Su piel morena está tatuada de zarzas, cardenales y dibujos de salitre.

Hoy siento nostalgia formentereña y sí, puede ser cierto que septiembre sea el lunes del calendario.

farobarbaria

El hilo rojo

A estas horas mis amigos vuelan a China. Me los imagino escuchando música, leyendo, pasando de una conversación a otra de forma fugaz, intentando templar la emoción y los nervios mientras surcan los cielos.

Qué largos son ciertos viajes.

Qué valientes estos trotamundos de amplia mirada, piel de colores y ojos abiertos, que van de un lado a otro con el espíritu alerta, escuchando las voces del mundo como grandes caracolas.

Este lunes, en una aldea a 400 kilómetros de Shanghái, el hilo rojo unirá a los cuatro y la vida empezará de nuevo.

 

“Un hilo rojo invisible conecta a aquellos destinados a encontrarse, a pesar del tiempo, el lugar y a pesar de las circunstancias. El hilo se puede apretar o enredarse, pero nunca se romperá”.

Proverbio chino

Mayo

Al equipo de Nicolás le ocurre lo contrario que a los chicos que protagonizan la hermosa historia de L’equip petit y a veces no sé si es bueno o malo. Jorge, Raúl, Andrés, Hugo, Nicolás, Ignacio, David L., David, Bruno, Alberto, Dani y Daniel no saben qué es perder un partido de fútbol y este año han ganado la liga. Yo me alegro por ellos, me gustó verles compartir alegrías y abrazos con sus camisetas naranjas. Creo que se lo merecen porque les brillan los ojos de ilusión, porque son trabajadores y generosos, porque son, sobre todo, un grupo de amigos capaces de contagiarnos de entusiasmo. Pero ahí sigo con mis dudas. Ignoro si alguno de ellos llegará lejos con sus botas de fútbol, pero tengo la certeza de que si siguen persiguiendo sus sueños vendrán más pequeñas victorias que les enseñarán a ser grandes personas. Es mi particular lectura de esta historia que sucede en primavera.

Nuestro equipo ganó la liga el mismo sábado que nació Paula. Enseguida vamos a conocerla. La cogemos en brazos, le acariciamos sus manitas y su cara redonda. Tiene los ojos abiertos, parece tranquila y es preciosa. Tengo tiempo más tarde de mirarla mientras duerme y mirar también a su madre, que descansa junto a ella. Qué bonitas son las dos.

Paula es un regalo que nos deja este mayo en el que releo a Luis García Montero, me acerco a la música de Marwan, imagino el mar por mil razones, salgo a correr junto al río, comparto cafés, risas y confidencias, duermo poco, preparo las bicis y anoto libros pendientes.

Mayo es un mes de portada. Si los diarios tuvieran la delicadeza que merecen estos tiempos raros dedicarían sus espacios de cabecera a plasmar cómo cambia la ciudad este mes; una foto a color del atardecer que cae entre el parque y el Ebro, con las cigüeñas y las golondrinas cruzando el cielo sobre la piedra del puente. O un titular a cinco columnas que califique de extraordinaria la calma despreocupada que llena los parques cuanto se desdibuja la tarde. Desconozco si venderían más o menos ejemplares, pero seguro que algún lector, que alguna lectora, se fijaría esa día en el color del cielo de esta ciudad de provincias mientras alarga la tarde en la plaza del barrio. Pero no sé si los diarios están a estas cosas poco virales y un tanto cursis que suceden en primavera.

Si mayo fuera un periódico, le aplicaría el verso de Ángel González para que las palabras escritas se posaran sobre las cosas y las recubrieran de colores nuevos. Tendría un fotón de mi sobrina Paula, otro más discreto del rondo de los chicos de nuestro equipo, un descubrimiento científico sobre los beneficios de las emociones y de la risa y, para que nadie ni siquiera en mayo olvide, el mejor Galeano con el texto íntegro de Los nadies.

Avanza mayo en el calendario con sus tardes de sol y su fin de curso en el horizonte.

Raíces y alas

D. me dijo el otro día que vas a ser político, pero le expliqué que no, que tienes un punto vehemente poco diplomático heredado de tu madre que te salvará si acaso fuera cierto que te va aquello del bien común. Las dos reímos.

Entretanto, preparas el papel para la obra de teatro del colegio, me cuentas que te vuelven a gustar los libros de Geronimo Stilton y buscas en youtube una canción que te encanta para escucharla juntos. Has vuelto a crecer y se te ha oscurecido el pelo.

Me gustas así: despreocupado, curioso y alegre. Me gustan tus ojos reidores, tu piel blancucha, tus cosquillas y tus dientes desiguales. Me gusta verte leer a deshoras, que te interesen las noticias, que aquel domingo quisieras ver Salvados. Que preguntes y no te conformes, que estés aprendiendo a discutir. Me gusta verte sobre la bici, junto al balón, en el parque, cuando te alejas camino de la fila.

El sábado hablamos del verano. No te importaría volver a aquella playa y recorrer en bici Barcelona. Tienes ganas de viajar a Nueva York y revisitar Londres. Dices que no te acuerdas de Roma ni de Venecia y entonces prometemos repetir.

Hoy cumples diez años.

Diez años es una vida, al igual que lo son ciertos besos, algún recuerdo o una simple frontera. Diez años también es una vida que cambia por completo otras.

Felicidades, Nicolás.